8 nov. 2010

BELLEZA EFIMERA

LA NIÑA

Cruzó la luna de noche clareaba la mañana
la calle estaba vacía y miró por la ventana,
entre cortinas de seda vio dormida a la muchacha
las sabanas de raso eran y de plumas la almohada.
Durmiendo estaba la niña. La niña, dormida estaba.
La luna rabio de celos al ver tan linda muchacha.
Cerró cortinas y doseles, atrancó
contraventanas,
que no quiere que la vea ese lucero tan lindo,
adonis de la mañana.

La niña se despertó, con la claridad del alba
y descorrió las cortinas abriendo
contraventanas
para que entrase la brisa y la luz de la mañana.
El sol iluminó aquel rostro hecho de nácar y ámbar
y el viento se le enredó en sus cabellos de plata.
La niña trae en sí; arreboles de la tarde, rocío en mañana
es su voz y su sonrisa la sinfonía del agua.

La niña se hizo mujer de la noche a la mañana
cortejada por luceros, por la luna vigilada,
alumbrada por el sol, por rocíos perfumada.
Se enamoró la niña de un pastor
que por su puerta, cada mañana pasaba.

Con el paso de los tiempos los dos jóvenes se casaban
y en la ladera del monte levantaron su cabaña,
hecha con troncos y barro y su tejado con cañas.
Aquella humilde choza con el amor de los jóvenes
era el Palacio de
Buckingham.
Con el paso de los tiempos los niños correteaban
y la luna muy celosa un día fue a visitarla.
La luna llego temprano, apenas el sol marchara
y dio vueltas y más vueltas a la lúgubre morada,
busco sin conseguirlo ventana por la que entrara,
o esa humilde rendija por la que su luz pasara,
pero no pudo encontrarla. Encontró la chimenea
por la que el humo escapaba.

El viento un día entró escondido entre las cañas
y recorrió la morada buscando su niña amada.
El viento no la encontró, solo él pudo ver
a una vieja en la cocina sentada
su cara muy arrugada, sus manos agrietadas,
su melena enredada
cubría sus espaldas,
sus vestidos ajados y cubiertos de ceniza
llenos de mugres y lámparas.
El viento no vio en ella a la niña y a su alma
y nunca jamás volvió, nunca más a visitarla.
La niña murió de pena en la cabaña olvidada,
su enamorado pastor, levantó
en lo alto de otro monte otra nueva cabaña.
La luna celosa sale, cada noche a buscarla.

Tú nunca pongas tu fe,
ni tampoco tu esperanza
en la brisa de la tarde,
en el roció de la noche
ni en la claridad del alba.
La tarde se vuelve calurosa
y las tormentas amagan,
el rocío de la noche
se convierte en escarcha
y la luz clara de la aurora
los nubarrones la tapan.
Las bellezas de las niñas se marchitan
de la noche a la mañana.

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