Hola David, hijo mío;
He soñado contigo un día más,
y he recordado el sueño,
así da gusto soñar.
Estábamos ambos sentados
en un alto acantilado
con la
mirada en el mar.
Permanecíamos callados,
no necesitábamos hablar.
El mar con sus balanceo
del que no puede parar
sus olas vienen y van
besan las rocas lamidas
y se vuelve a marchar.
Sueña el mar con sus playas,
donde va retozar
y hablar con las palmeras
que bailan con el compás
de las brisas y los vientos
que acompañan al mar.
El mar llega y se va
y nosotros nos quedamos
mirando
su inmensidad.
Recordamos como al mar
nos entregamos ambos
cuando íbamos a pescar
y el mar a ambos nos abrazaba
no queriéndonos soltar.
Sus fondos bien alfombrados
de posidonias, gorgonias, coral...
que se mecen al compás de las olas
hasta hacernos
marear.
Yo me quedé extasiado
contemplando su poderío y beldad
y cuando quise hablarte,
muy solo estaba ya.
La fresca brisa de la tarde
me vino a despertar
y rebuscando en mis sueños
lo pude yo rescatar.
Hoy he vuelto a recordar
cuando tú y yo nos dejábamos
abrazar por este mar
y él nos permitía de su belleza
gustar.
David fueron momentos muy felices
que me gusta siempre recordar.
Momentos íntimos que vivimos
tú, yo y nuestro mar.



