31 mar 2018

LA ERMITA

DE LA SEÑORA.
Canta el agua clara y fresca
de la fuente del camino
que sube a la vieja ermita
entre naranjos y olivos
entre jaras y retamas,
entre romeros y tomillos.
Guardines de este camino
que nos lleva hasta el cielo.

Al final de este camino
en un collado del mismo
se encuentra la blanca ermita
donde la paz y el silencio
y el recogimiento habitan.

Es la ermita de mi pueblo
la casa de la Señora.
La Señora de los Cielos.
Un ruiseñor me acompaña
con su trinar melodioso
mientras que su amada cuida
de sus pequeños polluelos
entre zarzales y guadaperos
donde protegen su nido.
Con su cantar cada día
suaviza, 
la dureza del camino
y el caminar entre peñas,
de los pobres peregrinos
que rinden, 
a la Señora visita.

El sol se va caminando,
sin detenerse por nada,
camina, camina muy solo
durante toda la jornada,
y cuando llega al punto
donde la tierra y el cielo
al encontrase se abrazan.
El sol mira hacia la ermita
y entrado por la ventana
ilumina con sus rayos
el rostro de la Señora,
su corazón que aún sangra
y su alma generosa es el cofre;
donde el amor se guarda.

La ermita es luz y es guía 
para aquellos que caminan
por el mundo en sus vidas 
entre tinieblas y espinas;
Peregrinos y romeros, 
penitentes, pecadores
que llevan su cruz a cuestas
sufriendo la incomprensión
y el dolor de los que rigen 
y reinan.

Cuando yo llegué a la ermita,
el sol ya se estaba hundiendo,
en busca de un nuevo día
que le saldrá a su encuentro.

En la solitaria ermita,
la Virgen Reina del cielo
está sedente en su trono
sobre su pecho un lucero,
entre sus brazos su hijo
descolgado de la Cruz
donde murió por los pueblos.

Los últimos rayos del sol,
se cuelan por las vidrieras
iluminando la escena de la
Virgen con su Hijo en su regazo
aún con sus heridas sangrando.

Yo los miro, con esperanza y con pena
pienso, que la salvación del mundo
es una ardua tarea y con mucho sacrificio.

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