DE LA SEÑORA.
Canta
el agua clara y fresca
de
la fuente del camino
que
sube a la vieja ermita
entre
naranjos y olivos
entre
jaras y retamas,
entre
romeros y tomillos.
Guardines
de este camino
que
nos lleva hasta el cielo.
Al
final de este camino
en
un collado del mismo
se
encuentra la blanca ermita
donde
la paz y el silencio
y
el recogimiento habitan.
Es
la ermita de mi pueblo
la
casa de la Señora.
La
Señora de los Cielos.
Un
ruiseñor me acompaña
con
su trinar melodioso
mientras
que su amada cuida
de
sus pequeños polluelos
entre
zarzales y guadaperos
donde
protegen su nido.
Con
su cantar cada día
suaviza,
la
dureza del camino
y
el caminar entre peñas,
de
los pobres peregrinos
que
rinden,
a
la Señora visita.
El
sol se va caminando,
sin
detenerse por nada,
camina,
camina muy solo
durante
toda la jornada,
y
cuando llega al punto
donde
la tierra y el cielo
al
encontrase se abrazan.
El
sol mira hacia la ermita
y
entrado por la ventana
ilumina
con sus rayos
el
rostro de la Señora,
su
corazón que aún sangra
y
su alma generosa es el cofre;
donde
el amor se guarda.
La
ermita es luz y es guía
para
aquellos que caminan
por
el mundo en sus vidas
entre
tinieblas y espinas;
Peregrinos
y romeros,
penitentes,
pecadores
que
llevan su cruz a cuestas
sufriendo
la incomprensión
y
el dolor de los que rigen
y
reinan.
Cuando
yo llegué a la ermita,
el
sol ya se estaba hundiendo,
en
busca de un nuevo día
que
le saldrá a su encuentro.
En
la solitaria ermita,
la
Virgen Reina del cielo
está
sedente en su trono
sobre
su pecho un lucero,
entre
sus brazos su hijo
descolgado
de la Cruz
donde
murió por los pueblos.
Los
últimos rayos del sol,
se
cuelan por las vidrieras
iluminando
la escena de la
Virgen
con su Hijo en su regazo
aún
con sus heridas sangrando.
Yo
los miro, con esperanza y con pena
pienso,
que la salvación del mundo
es
una ardua tarea y con mucho sacrificio.


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