A ELENA.
La noche cayó como una losa,
la paz reinó de nuevo en el silencio
sus párpados cansados por los años,
se desplomaron en sus vacíos huecos.
Aquellos ojos que vieron impasible
el caminar de muy lejanos tiempos.
Aquellos ojos que miraron
con cariño, simpatía y respeto,
los tiempos que cruzaron ante ellos.
Aquellos ojos que hoy están sin brillo,
apagados, mortecinos, quietos.
Aquellos ojos que todo lo escrutaban
ahora, ya miran hacia lo eterno.
Tuviste una vida larga, larga,
que quiso ser eterna en el tiempo
pero eterno solo es, tan solo es;
el cielo, el tiempo y el silencio.
La serenidad de nuevo
volvió a tu rostro.
Tu rostro hollado por el cruel
arado de los tiempos.
Con su reja dejó escrito
en tu semblante
tus penas, alegrías y tus sueños.
Volvió de nuevo a tu rostro
la dulzura que se había
marchitado por el tiempo,
Como se marchitaron;
muchos de tus sueños.
Sueños; que no todos
realidad se hicieron.
Te has ido tranquila y serena,
te has ido para hacer
realidad todos tus sueños.
Te has ido, cómo has vivido,
en el más profundo de todos
tus silencios.
Te fuiste Elena,
como a ti te gustó vivir tu vida.
En un sueño, en un sueño.
Ya no habrá más paseos
por Los Caños,
ni florecerán las flores
jamás fuera de tiempo,
ni volverá de nuevo a estar
la hierba tan fresca,
tan verde, tan verde
en los tristes y húmedos
días de invierno,
tampoco, las hojas del otoño
alfombrarán
el suelo del paseo.
Donde tú ya te encuentras,
las flores florecen en todo tiempo
y lucen sus más bellos colores
y aroman el ambiente
con sus finas fragancias
y embriagan los espacios
con sus densos inciensos,
las hojas de los árboles
jamás, caen en el suelo.
Ya estas con tu marido,
que nervioso esperaba
el deseado reencuentro.
Descansar para siempre
y ser muy felices
que
bien merecido tenéis
ambos
la Gloria y el cielo.


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