28 dic 2005

YO


Heme aquí de peregrino en las ruinas de San Antón en las puertas de Castrojeriz camino de Santiago.

YO...
I
(Prologo de la peregrinación)
YO;
Salí de mi casa un día,
salí de mi casa andando
con el corazón en un puño
por el temor embargado
Salí con mochila al hombro
y con bordón empuñado.
Me dirigí a un camino, un
Camino que con flechas
lo han marcado.
Con flechas amarillas,
que no hieren cual los dardos.
Con flechas que son guardianas
de este caminar sagrado.
Con flechas que son, para el peregrino,
su bendición y su amparo.

Yo caminé por los montes,
por riberas y por llanos.
Yo caminé por senderos,
por veredas y por asfalto.
Yo cruce ríos por puentes,
por puentes atravesados.
Yo visite mil lugares
de monumentos sembrados.
Yo descanse en albergues
y en refugios solitarios.
Yo compartí mi Camino con otros,
que caminaban a mi lado.
Para mí desconocidos
y los quise como a hermanos.
Yo compartí con todos ellos,
penas, alegrías, mucho dolor y cansancio.

Yo camine en soledad,
por muchos acompañado.

II
(El Camino)

Yo en mi caminar crucé;
tierras que moran navarros.
Tierras abruptas, ricas y nobles,
como lo son sus originarios.

Yo cruce por La Rioja;
suelo de vides y de cereal sembrado.
Y sus habitantes son;
semejantes a sus caldos.
Los primeros generosos
y siempre hospitalarios,
los segundos son famosos
y un deleite el catarlos.
Yo atravesé Castilla León,
océano de cereal dorado.
Me enamoré de sus montes
y, de la inmensidad del páramo.

Yo nunca camine solo en Castilla,
siempre estuve acompañado.
Yo me mezcle con sus gentes,
gentes de solidaridad sobradas.
Yo admire sus monumentos
desde el gótico al románico.
Monumentos que nos hablan del Camino
y de este caminar sagrado,
de un peregrinar muy antiguo,
de un peregrinar pasado.
Nos habla de una fe grande y profunda,
de un amor entusiasmado,
por Jesús Nuestro Señor
y por su Apóstol Santiago.

Yo recé y lloré,
en la soledad del páramo.
Yo recé y lloré,
en los montes al cruzarlos.
Y no lloré de tristeza,
ni lloré por aquel esfuerzo usado.
Mí llanto fue de alegría
por lo que Dios nos ha dado.

Dios creó para nosotros,
el bosque con su arbolado,
para poder con toda su majestad
el corazón inundarnos.
Para nuestro recogimiento
Dios, creó el vasto páramo.

Yo atravesé pueblos por el Camino fundados,
pueblos que son camino y como tal dilatados.

Y al abandonar Castilla,
lo hice por un camino empinado.
Encontrándome en Galicia,
por la emoción embargado.

Yo volví la vista atrás y con pena,
contemple lo que había andado.

III
(En Tierras del Santo)
Y me enfrente a Galicia,
yo lo hice caminando.
Galicia es ese Edén,
de aldeas salpicado.
Y mi caminar fue alegre.
Y mi caminar fue cansado.
Y mi cuerpo dolorido
siempre; en aldeas y pueblos
se sintió reconfortado.

Una mañana en que,
coronaba un collado,
mis ojos descubrieron
a lo lejos unos tejados.
Y entre los mismos unas torres,
del templo Compostelano.

Yo descargué mi mochila
y el bordón puse a su lado.

Yo que anhelaba llegar,
sentí el miedo al lograrlo.
A la sombra de una ermita
que dedican a San Marcos,
me puse rememorar todo
mi Camino andado.

IV
(Rememorando la Peregrinación)
Yo recordé poblaciones,
Roncesvalles y Los Arcos.
Desde Logroño a Burgos,
pasando por Santo Domingo
y también por Belorado.
Carrión, Sahagún, León,
Astorga, Ponferrada y
de Ó Cebreiro hasta Samos.
Sarría, Portomarín, Arzua
ya mi vista en Santiago.

Y las gentes del Camino,
que al Camino se han volcado.
Santiago Zubirí, Pablito, Felisa,
Don José María, el Jato...
Y otros muchos que no nombro,
no porque los he olvidado,
no los miento; pues me sería
imposible a todos ellos nombrarlos.

Yo rememoré monumentos,
que en muchos mis rodillas he doblado,
para dar gracias al Cielo
por haberme al Camino aventurado.

Yo recordé momentos
de intimidad colmados,
momentos que son difícil,
en un papel el narrarlos.

Estuve en aquel lugar
hasta que el frío me dijo;
“Que el tiempo ya había pasado”.

Yo entre de noche en Santiago,
como entran lo extraños.
Mi Camino terminó
en la ermita de San Marcos.



V
(En Santiago y epílogo)
Yo abrace al Santo Apóstol.
Yo escuche su Santa Misa,
Yo oí las ofrendas al Santo.
Yo vi su botafumeiro,
volar el crucero ahumando.
Yo le di con mi cabeza
a San Croque el cabezazo.
Y coloqué mi mano,
cómo está estipulado.

Pero mi corazón quedó atrás,
en los montes, en las riberas,
en los extensos páramos.
En los refugios tan pobres,
en los templos olvidados,
en los pueblos y aldeas,
y en todos sus moradores,
que al Camino se asomaron.

Mi corazón quedó;
donde mis pies descansaron.

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