20 ene 2006

ESCLAVOS - LIBRES



Introducción: Eran los años sesenta. Cuando yo era niño vivía en un pueblecito de Extremadura donde nací. Un bello pueblo extremeño, donde los latifundios copaban todas las riquezas (que eran muchas) del campo. Los jornaleros mendigaban cada día un jornal con el que poder alimentar a sus hijos. Era por esas obligaciones que hombres y mujeres se dejaban avasallar por los señoritos y sus capataces que casi siempre, eran peores que los amos.
Muchos pidieron dinero prestado y emigraron a las grandes ciudades donde el desarrollo industrial era incipiente y empezaba a demandar mano de obra.
Recuerdo que mi padre emigró a Asturias, más concretamente a Avilés, donde comenzó a trabajar en la famosa ENSIDESA. Pronto nos mandó llamar a su lado y mi abuelo nos acercó en un burro hasta la estación más cercana y en tren iniciamos nuestro éxodo hacia la ciudad. En Avilés vivimos varios años en una habitación con derecho a cocina. Con la familia propietaria del piso, unieron sus problemas y sus miserias, que eran muchas.
Para finalizar y no aburriros con esto; os diré, que la ciudad pudo con las ilusiones de mis padres y con el tiempo volvimos a Extremadura desencantados, donde de nuevo volvió la “alegría y la libertad” a mis padres. Sirvan estos versos en homenaje a mis padres y a todos los que tuvieron que emigrar lejos de sus pueblos en busca de la libertad.
ESCLAVOS – LIBRES
 
El humo de las chimeneas de la oscura fabrica,
hablan del trabajo y de la brega.
El sonido monótono y machacón de las cadenas
que mueven las maquinas,
cantan y lloran a la vez con su voz lastimera.
Es el llanto y el canto de la amargura y la pena
que trae el triste desencanto.
El llanto y la pena del desencanto,
de aquellos ilusos campesinos
que abandonamos las besanas
y dejamos solitarios e infecundos los campos.

Es el llanto y la pena de los pastores
que olvidamos en los apriscos y corrales
encerrados para siempre los rebaños.

El llanto y el desencanto de los aceituneros
de los olivares andaluces, que recordamos
que los olivos que olivamos, todos tienen amo.

El llanto y el desencanto de las mujeres
de los pueblos extremeños, andaluces,
castellanos, gallegos... cansadas de lavar
las sábanas en que no amaron, los vestidos
que nunca lucieron, la ropa que jamás mancharon.

Cansadas de tener que arrastrarse
por las amplias estancias e interminables pasillos,
de las ricas casonas solariegas,
de mansiones de ensueño y de encanto,
de los bellos palacios...

Cansadas de espigar de sol a sol
las espigas que las máquinas en los surcos dejaron;
escondidas entre rastrojos, abrojos y cardos.
Cansadas de ver brotar la sangre
de sus pequeñas y fuertes manos.
Esas manos campesinas,
las mismas manos, con que acarician
a sus hijos y el cuerpo de su amado.

Esa mujer de España que compra,
en la tienda de fiado.

Hombres y mujeres del campo,
que en sus tierras eran; Libres – esclavos.
Libres; porque el alma del campesino
siempre es libre.
Libres, porque los hace libres, el sol, y la lluvia,
el viento y su canto, el sudor y su trabajo.
Esclavos; porque la tierra, que con sus sudores riegan,
enriquecen aquellos que sus pies en ella nunca entierran.

Hombres y mujeres del agro español,
que rompieron las cadenas de la esclavitud del amo.
Que saltaron los cercados del hambre y el cansancio.
Que se fueron a las ciudades en busca
de oropeles que los tenían cegados.
Se fueron; en busca de un bienestar,
buscando, el paraíso soñado.
Marcharon del campo a la ciudad,
en buscas de la tierra prometida,
en busca de un nuevo amo.
Un amo, más bueno, más justo, más humano...

Ya no canta él gañan en la besana,
ni se oye por la estrecha callejuela
el crujir del carro que se queja,
ni siquiera al gañan que azuza a la pareja.

No se escucha por dehesas ni en senaras,
la flauta, ni silbar al pastor que la tocara.

Tampoco, se ve en la orilla de los ríos,
mujeres lavando los vestidos.


Ahora son sujetos anónimos,
en las fábricas entrando, e iguales
que autómatas con números los marcan.
Trabajan en cadena,
ya no cantan ni alegran la jornada,
con sus tonadas alegres o de pena.

Las mujeres ya no asean mansiones,
ni palacios, ni casas solariegas,
ahora limpian portales a destajo.

Antes eran esclavos de un solo amo,
ahora son siervos, del dinero, del piso,
del lujo, del trabajo, también,
de los plazos de los bancos.

Aquel hombre del campo,
que enmascaraba sus penas
detrás de alegres o desgarradores
sones de su tierra, ha perdido
la alegría, ha perdido su sonrisa,
han enmudecido su canto.

Se muere de tristeza y desencanto,
encerrado entre paredes
y ahogado con su llanto.
Está preso de la libertad,
que vino; a la ciudad buscando.
.

1 comentario:

Anónimo dijo...

A VECES... LAS NOCHES ME TRAEN EL SUSURRO DE VOCES QUE PAREN DESDE DENTRO POESÍA... GRACIAS... TU VOZ ES BUENA...