Introducción: Eran los años sesenta.
Cuando yo era niño vivía en un pueblecito de Extremadura donde nací. Un bello
pueblo extremeño, donde los latifundios copaban todas las riquezas (que eran
muchas) del campo. Los jornaleros mendigaban cada día un jornal con el que
poder alimentar a sus hijos. Era por esas obligaciones que hombres y mujeres se
dejaban avasallar por los señoritos y sus capataces que casi siempre, eran
peores que los amos.
Muchos pidieron dinero prestado y
emigraron a las grandes ciudades donde el desarrollo industrial era incipiente
y empezaba a demandar mano de obra.
Recuerdo que mi padre emigró a
Asturias, más concretamente a Avilés, donde comenzó a trabajar en la famosa
ENSIDESA. Pronto nos mandó llamar a su lado y mi abuelo nos acercó en un burro
hasta la estación más cercana y en tren iniciamos nuestro éxodo hacia la
ciudad. En Avilés vivimos varios años en una habitación con derecho a cocina.
Con la familia propietaria del piso, unieron sus problemas y sus miserias, que
eran muchas.
Para finalizar y no aburriros con
esto; os diré, que la ciudad pudo con las ilusiones de mis padres y con el
tiempo volvimos a Extremadura desencantados, donde de nuevo volvió la “alegría
y la libertad” a mis padres. Sirvan estos versos en homenaje a mis padres y a
todos los que tuvieron que emigrar lejos de sus pueblos en busca de la
libertad.
El humo de
las chimeneas de la oscura fabrica,
hablan del
trabajo y de la brega.
El sonido
monótono y machacón de las cadenas
que mueven
las maquinas,
cantan y
lloran a la vez con su voz lastimera.
Es el
llanto y el canto de la amargura y la pena
que trae
el triste desencanto.
El llanto
y la pena del desencanto,
de aquellos
ilusos campesinos
que
abandonamos las besanas
y dejamos
solitarios e infecundos los campos.
Es el
llanto y la pena de los pastores
que
olvidamos en los apriscos y corrales
encerrados
para siempre los rebaños.
El llanto
y el desencanto de los aceituneros
de los
olivares andaluces, que recordamos
que los
olivos que olivamos, todos tienen amo.
El llanto
y el desencanto de las mujeres
de los
pueblos extremeños, andaluces,
castellanos,
gallegos... cansadas de lavar
las
sábanas en que no amaron, los vestidos
que nunca
lucieron, la ropa que jamás mancharon.
Cansadas
de tener que arrastrarse
por las
amplias estancias e interminables pasillos,
de las
ricas casonas solariegas,
de
mansiones de ensueño y de encanto,
de los
bellos palacios...
Cansadas
de espigar de sol a sol
las
espigas que las máquinas en los surcos dejaron;
escondidas
entre rastrojos, abrojos y cardos.
Cansadas
de ver brotar la sangre
de sus
pequeñas y fuertes manos.
Esas manos
campesinas,
las mismas
manos, con que acarician
a sus hijos
y el cuerpo de su amado.
Esa mujer
de España que compra,
en la
tienda de fiado.
Hombres y
mujeres del campo,
que en sus
tierras eran; Libres – esclavos.
Libres;
porque el alma del campesino
siempre es
libre.
Libres,
porque los hace libres, el sol, y la lluvia,
el viento
y su canto, el sudor y su trabajo.
Esclavos;
porque la tierra, que con sus sudores riegan,
enriquecen
aquellos que sus pies en ella nunca entierran.
Hombres y mujeres del agro español,
que
rompieron las cadenas de la esclavitud del amo.
Que
saltaron los cercados del hambre y el cansancio.
Que se
fueron a las ciudades en busca
de
oropeles que los tenían cegados.
Se fueron;
en busca de un bienestar,
buscando,
el paraíso soñado.
Marcharon
del campo a la ciudad,
en buscas
de la tierra prometida,
en busca
de un nuevo amo.
Un amo,
más bueno, más justo, más humano...
Ya no
canta él gañan en la besana,
ni se oye
por la estrecha callejuela
el crujir
del carro que se queja,
ni
siquiera al gañan que azuza a la pareja.
No se
escucha por dehesas ni en senaras,
la flauta,
ni silbar al pastor que la tocara.
Tampoco,
se ve en la orilla de los ríos,
mujeres
lavando los vestidos.
Ahora son
sujetos anónimos,
en las
fábricas entrando, e iguales
que
autómatas con números los marcan.
Trabajan
en cadena,
ya no
cantan ni alegran la jornada,
con sus
tonadas alegres o de pena.
Las
mujeres ya no asean mansiones,
ni
palacios, ni casas solariegas,
ahora
limpian portales a destajo.
Antes eran
esclavos de un solo amo,
ahora son
siervos, del dinero, del piso,
del lujo,
del trabajo, también,
de los
plazos de los bancos.
Aquel
hombre del campo,
que
enmascaraba sus penas
detrás de
alegres o desgarradores
sones de
su tierra, ha perdido
la
alegría, ha perdido su sonrisa,
han
enmudecido su canto.
Se muere
de tristeza y desencanto,
encerrado
entre paredes
y ahogado
con su llanto.
Está preso
de la libertad,
que vino;
a la ciudad buscando.
. 
1 comentario:
A VECES... LAS NOCHES ME TRAEN EL SUSURRO DE VOCES QUE PAREN DESDE DENTRO POESÍA... GRACIAS... TU VOZ ES BUENA...
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