Yo nací en un
pueblecito de Cáceres que se llama Abadía hace ya muchos años. En este pueblo
al igual que en otros muchos pueblos de España en los años sesenta no había
agua en las casas, ni siquiera incluso en plazas y mucho menos en las calles.
Las casas se abastecían del líquido elemento transportándolo desde pozos y
fuentes que estaban más o menos alejados del pueblo. Las mozas al atardecer una
vez habían vuelto de las faenas del campo, se dedicaban a transportar agua para
reponer la gastada durante la jornada. Solían llevar dos cántaros, un cántaro
en la cabeza otro al cuadril, como mínimo.
Era un momento en el que aprovechaban los
mozos para pasear con las mozas y más de uno se hicieron novios en el acarreo
del agua, ya que no era costumbre que saliesen a pasear a diario. En aquellos tiempos, la moza que tenía un desliz con un hombre (fuese novio o no) y este no se hacía responsable. Esa moza quedaba marcada para siempre y era casi imposible que se casase con algún chico del pueblo ni siquiera de los pueblos de alrededor. Muchas marcharon a la capital para poder rehacer sus vidas. Sirvan estos versos como homenaje a tantas y tantas mujeres que fueron engañadas con promesas
EL CÁNTARO
La fuente está seca y quebrado el
cántaro.
¿Dónde está la niña altanera que
portaba el jarro?
La linda mozuela de ojos vivarachos.
Aquella chiquilla alegre, que traía
encandilado
a más de un muchacho.
Se le hizo de noche en una verbena
que había en un prado.
La encandilo un hombre que la dobla
en años.
La engañó un varón, un hombre
casado.
Perdió su sonrisa y su desparpajo.
Perdieron el brillo sus negros
ojazos.
Su rostro está triste, perdió su
encanto.
Su virtud de niña quedó hecha
jirones
en el verde prado.
Ya no va la joven por agua a la
fuente.
Ya no va la niña por agua al campo.
Ya no tararea canciones alegres la
niña,
ni mira con aquel desdén a ningún
muchacho.
Se rompió su vida, se rompió su
cántaro.
Ahora llora y llora por su
desengaño.
Y no llora sola, que con ella llora
un lindo muchacho.
Ella que era la reina de todas las
fiestas.
Ella que era, el valor más alto.
Ahora a escondidas, la ofrecen sus
padres
a precio de saldo.
En las noches serenas cuando solo se
oye
el maullar del gato.
Ella va a la fuente sola en busca de
agua
con un nuevo cántaro.
Y en las callejuelas entre las moreras
y los carcomidos álamos, se ve una
sombra
que sigue sus pasos, que va
deambulando.
La bella muchacha camina, camina,
camina despacio y en ese vacío
ya solo se escuchan sus tímidos
pasos.
La sombra la sigue en ese silencio
que tiene su encanto.
Silencio que solo lo rompe
el canto del grillo y el grito del
cárabo.
A sí una noche y otra. Y con el
andar del tiempo
pasó aquel Invierno, llegó el húmedo
Abril
y más tarde Mayo.
A la linda moza, el color blanco se
volvió rosado
y a sus bellos ojos el brillo ha
tornado.
Una noche clara que cantaba el
grillo
y ululaba el cárabo. Volvió a la fuente
con el nuevo cántaro.
Las lindas estrellas y la picara luna,
como cada noche la han vigilado.
La sombra escondida ya no se ha ocultado.
El viejo olmo fue el único testigo
de aquel encuentro, de aquel milagro
que el amor sincero había realizado.
La descarada e insolente fuente
le guiñó un ojo, al bisoño cántaro.
aro.
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