Hola cariño, como llevas este año
que tan pocas esperanzas nos trae
para ser para nosotros un año de
felicidad
y aun siendo él a sí nunca, lo podremos olvidar.
Te cuento para que te alegres con
nosotros
y además sepas que está semana
el jueves vamos a buscar
a tu nena.
Es una gran alegría y casi la felicidad
plena
el cuidar y el estar unas
horitas con ella.
que trote, galope y corra
para que no se demore
la hora de estar con ella.
Que pequeña es mi niña;
pero que bien nos remedia las penas
no sé qué sería de nosotros
si no, la tuviésemos a ella.
Ayer hablábamos de anécdotas.
¿Lo recuerdas hijo mío?
hoy si me das tu permiso
cuento yo aquella, aquella
de la que tú y yo hablamos
y me guardo otras muchas
que tú y yo recordaremos
cuando estemos a solas.
Eras un niño el más bonito, simpático, cariñoso y querido de toda esta nuestra tierra.
A ti y a mí nos encanta el flan de polvos que ama nos hacía cada poco, unas veces porque tú se lo pedias y otras muchas porque salía de ella.
Ama tenía un dilema a ella y a tú hermano el que más les gusta es, el flan de huevo. Y por ello tenía que alternar uno y otra receta.
Ama siempre alternaba (digo alternaba porque ahora desde tú marcha no lo hace) uno y otro para que no hubiese diferencias y como es su costumbre y nuestra alegría. Lo hacía en molde de un litro, para que cada uno nos sirviésemos lo que nos apeteciera.
Tú una vez y otra le decías que te gustaría que un día te hiciese un flan para ti solo.
Tanto y tanto le decías que ama te prometió que la próxima vez te haría un flan solo para ti.
Tus ojos brillaron de deseo esperando ese día y, como no podía ser de otra manera, lo cumplió.
Llego ese día y a la mesa los
cuatro, terminamos de comer y a los postres ama se levantó de
la mesa abrió el frigorífico sacó el flan en su molde de un
litro y procedió desmoldarlo en una bandeja en el que el hermoso flan se
mostraba apetitoso y nervioso bañando sus pies en un jarabe de caramelo liquido que gritaba deseándose en nuestras bocas.
Mientras que tú salivabas contemplado aquella
hermosura de flan que temblaba nerviosamente con las simples ondas de
tu mirada.
Ama, tomó la bandeja en la que se encontraba el
objeto de tu deseo y al mismo tiempo tú retirabas la servilleta para
hacer sitio a la misma.
¡Pero ay! Tú madre con un juego de mano puso ante ti
sin que te dieses cuenta un flan pequeño del tamaño que ponen en los
restaurantes en los postres.
Tu cara hijo mío, cambio al momento (Era para
verla) de la ilusión al desengaño en un niño inocente que no sabe
guardar ni disimular sus sentimiento.
Protestaste, como el niño que eras reclamando el
flan grande que adornaba el centro de la mesa a la espera de la pala que
lo repartiera y con ella seguro que perdería su
gallardía derramándose sobre la bandeja.
Y mamá con la tranquilidad, el cariño y la paciencia que la caracteriza,
te hizo comprender que ella te había hecho y servido lo que tantas veces le
habías pedido. Un flan para ti solo. Y ese flan ante ti lo tenías.
Creo que aprendiste la lección y mucho nos hemos
reímos recordándolo una vez y otra en torno a nuestra
mesa esa simpática anécdota. Una de las muchas con las que nos
regalaste a lo largo de tu niñez e incluso en la adolescencia.
Muchos flanes para ti solo te ha hecho tu madre siempre que se lo insinuabas y muchas veces más, sin tenerlo que hacer sabiendo lo mucho que te gustaba. Flanes que has compartido conmigo, cuando bien sabíamos todos que eran sólo para ti. Gracias hijo mío.
Estas y otras muchas anécdotas tuyas,
guardo yo,
siempre que quiero yo lo logro.
En ellas te encuentro a ti
David, el lunes te cuento,
como tu niña ha estado
con nosotros en la casas.
Y tú hijo mío contemplas
desde donde quieras que estés
la felicidad de tu precioso tesoro
donde quieras que tú estés.
Dichoso hijo mío dichoso.
tú seguirás viviendo en nosotros
y con nosotros permanentemente.


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