CAPITULO III
(Los Montes de Oca)
El peregrino camina,
él no mira hacia atrás
las estrellas son sus guías,
en ellas confía su andar.
Dicen que una noche oscura
andando por un lugar
que llaman Montes de Oca
lo quisieron asaltar.
Tan poco él poseía,
que hasta de comer le dan,
un torrezno de tocino
y un mendrugo de pan,
con qué poderlo pasar,
en la fuente Mojapán.
Para que cubra su cuerpo,
una esclavina le dan,
pues la que él traía,
raída completa está.
Nunca sabremos los hombres
y mucho menos pensar
de lo que se vale el Padre
para a sus hijos aliviar.
El peregrino camina
ya no mira para atrás
el sol le guía de día,
de noche las estrellas
con él caminan a la par.
CAPITULO IV
(El penar)
Sus pies están ensangrentados,
son una llaga total.
La lluvia empapa su cuerpo, nada puede,
contra la lluvia el gabán.
El viento su rostro curte,
representa más edad.
Sus fuerzas ya le abandonan,
es que ya no puede más.
Hace tiempo que no duerme,
apenas si se alimenta
pero no quiere parar.
La mirada de sus ojos
nadie la puede aguantar,
es la de un ciervo herido,
de lo asustado que está.
Sus ojos no tienen brillo,
solo muestran soledad.
Tan hundidos él los tiene,
inmensa su oscuridad,
solo se los ve brillar
cuando sus lágrimas fugadas
son cruzadas, por los rayos de la luna,
cuando llora en soledad.
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