2 feb 2006

EL CAMINO DE LAS ESTRELLAS IV

CAPITULO VII
(La Oración del peregrino)


Una noche estrellada de esas
en que sopla el zarzagán,
junto el tronco de una encina
su cuerpo él reclinó
y mirando fijo al cielo
esta oración elevó.

Padre de bondad y amor,
yo sé que tú me amas
y suplico tu perdón,
el error que cometí
no fue tal error.
Solo era tierno amor.

Padre mío; tu bien sabes
que esa joven y yo,
juntos nos hemos criado
y del roce nace el cariño
y del cariño el amor.

Que mis padres eran pobres,
de pena murieron los dos.
Que sus padres son poderosos
no tuvieron de los míos
compasión.
Que de todo lo pasado
yo, no los guardo rencor.
Tú bien sabes Dios del cielo;
bien lo sabes mi buen Señor;
que ese amor era tan limpio, tan puro,
que jamás mancillamiento sufrió.
La justicia de los hombres me castiga
a ir en peregrinación,
a la tumba de tu Apóstol,
por amar con todo mi corazón.
No me duele el andar
la senda de purificación.
No me duele mi Señor,
que mi dolor es otro,
mi dolor es por temor.
Temor de que ella se encuentre sola
sin consuelo, ni ilusión,
de que su padre permita
a mí vuelta nuestra unión.

Dios mío y Padre mío;
a ti te lo imploro yo.
Permíteme regresar,
al encontrar tu perdón,
para casarme con ella
y demostrarle mi amor.
Si lo quisiera el destino,
que no digo yo que Dios,
que muriese en el empeño
de cumplir la expiación.
Que siempre mi amada sepa,
que lo hice por su amor.

En peregrino agotado,
dormido junto a la encina quedo.
Solo lo escuchó un lucero
que le dio su bendición.
La luna su compañera,
no pudo soportar tanta desdicha y dolor,
llorando tras unas nubes
compungida se ocultó.

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