CAPITULO VII
(La Oración del peregrino)
Una noche estrellada de esas
en que sopla el zarzagán,
junto el tronco de una encina
su cuerpo él reclinó
y mirando fijo al cielo
esta oración elevó.
Padre
de bondad y amor,
yo sé que tú
me amas
y suplico tu
perdón,
el error que
cometí
no fue tal
error.
Solo era
tierno amor.
Padre
mío; tu bien sabes
que esa joven
y yo,
juntos nos
hemos criado
y del roce
nace el cariño
y del cariño
el amor.
Que
mis padres eran pobres,
de pena
murieron los dos.
Que sus padres
son poderosos
no tuvieron de
los míos
compasión.
Que de todo lo
pasado
yo, no los
guardo rencor.
Tú bien sabes
Dios del cielo;
bien lo sabes
mi buen Señor;
que ese amor
era tan limpio, tan puro,
que jamás
mancillamiento sufrió.
La justicia de
los hombres me castiga
a ir en
peregrinación,
a la tumba de
tu Apóstol,
por amar con
todo mi corazón.
No me duele el
andar
la senda de
purificación.
No me duele mi
Señor,
que mi dolor
es otro,
mi dolor es
por temor.
Temor de que
ella se encuentre sola
sin consuelo,
ni ilusión,
de que su
padre permita
a mí vuelta
nuestra unión.
Dios
mío y Padre mío;
a ti te lo
imploro yo.
Permíteme
regresar,
al encontrar
tu perdón,
para casarme
con ella
y demostrarle
mi amor.
Si lo quisiera el destino,
que no digo yo que Dios,
que muriese en el empeño
de cumplir la expiación.
Que siempre mi amada sepa,
que lo hice por su amor.
En peregrino
agotado,
dormido junto a
la encina quedo.
Solo lo escuchó
un lucero
que le dio su
bendición.
La luna su
compañera,
no pudo soportar
tanta desdicha y dolor,
llorando tras
unas nubes
compungida se
ocultó.
No hay comentarios:
Publicar un comentario