12 nov. 2006

EL CONTRABANDISTA


Cuando era un niño y vivía en mi pueblo con mis padres y abuelos, recuerdo que en las noches de los duros inviernos llamaban a la puerta y mi madre salía sin encender la luz y al rato volvía con paquetes de café portugués y otros artículos. Nadie preguntaba donde lo había comprado, ni quién se los había traído. Todos lo sabíamos. Era el contrabandista que todos conocíamos. Recuerdo que montaba un caballo negro muy nervioso y nosotros los muchachos, lo poníamos más nervioso cuando estaba atado a la reja del bar le gritábamos ¡Los civiles! ¡Los civiles! Para todos los chicos era un personaje de leyenda y además un héroe. Era el heredero del lugar que dejaron los extinguidos maquis que vivían en los montes a caballo entre España y Portugal y era un héroe porque se burlaba de los guardias civiles que tan mala fama tenían entre la gente llana del pueblo.
Este personaje del que no recuerdo su nombre, permitía a mis padres tomar café, tener agujas con que coser la ropa, piedras de mecheros y un gran número de artículos que de otra manera un hubieran podido tener y que a los ricos y caciques se las proporcionaban los civiles de los fardos requisados a los contrabandistas.
 
EL CONTRABANDISTA.

Monta caballo de finos remos.
Bruto y noble, nervioso hasta el extremo.
Nunca mira donde pisa
cuando en el monte huye,
de los civiles, los picoletos.
Cruza la raya amiga siempre en silencio,
solo lo ve la luna su compañera
y algún que otro viejo lucero.
En la espesura de monte
donde moran espíritus buenos,
su paso es firme, su vista fina,
su oído atento.
Es contrabandista desde hace tiempo.
Solo se fía de su caballo, de pelo negro,
de su galope, de su instinto para encontrar
en la espesura viejos senderos
y todo esto, siempre en silencio.
Pasan la raya siempre de noche,
siempre atento,
siempre solo y en silencio
y no le importa si llueve o nieva,
ni si hace viento.
En su macuto lleva un tesoro para venderlo.
Cuando la noche oscura
la rompe un trueno.
Son los civiles que vienen muchos
a detenerlo.
¡Alto quien va!
¡Detente viento!
¡Alto, o disparo!

Y habla el trueno.
Silban las balas,
cortan el viento.
¡Arre caballo!,
¡Corre Lucero!
¡Corre Lucero!
Que los civiles quieren cogernos.
Por esos montes entre las jaras
y las carrascas galopa el viento.
Solo se oye las suaves crines
flamear al viento.
Solo se oye el galopar del noble bruto
casi en silencio.
¡Alto! ¡Detente!
Se ve un relámpago rasgar el cielo,
y al mismo tiempo se escuchó un trueno.
Se oyó un relincho y a un caballo
caer herido, caer al suelo.
Ya se levanta el noble bruto,
con toda su carga y el caballero.
Corre en el monte, no le detienen
ni los relámpagos, ni el ruido ronco
de ningún trueno.
Monta caballo de finos remos.
Noble y nervioso hasta el extremo.
Que nunca mira por donde pisa
cuando en el monte huye,
de los civiles, los picoletos.
Cruzan la raya siempre en silencio,
solo lo ve la luna amiga y algún lucero,
que se oscurecen para protegerlos.

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