8 nov. 2006

LA MUERTE DE UN ÁLAMO


En mi vida he visto muchos álamos. Álamos que vivieron tan ufanos y con tanta soberbia, que nunca respetaron ni vidas, ni haciendas. Siempre pensaron que eran eternos y que su situación social privilegiada y su dinero los preservaba y por ello no necesitaban de nada ni de nadie.
Los vi morir a muchos de ellos solos y abandonados por sus familias, no por sus amigos. Pues de estos nunca tuvieron. A su alrededor se juntaban los aduladores, un cortejo que desaparecía cuando perdían el dinero o el poder, o ambos al mismo tiempo. Estuve en algún entierro de estos personajes en el que, los acompañantes al duelo solo hablaban mal del finado y los maldecían.
Pobres e ilusos álamos que se sintieron intocables.
EL VIEJO ÁLAMO
Paseando un tarde por el prado,
ese prado que se encuentra junto al río,
me detuve un momento contemplando
a un viejo álamo que se encontraba herido.
Un álamo de buen porte y tronco grueso,
que antaño lucía un traje de buen corte
y a su lado pululaba un gran cortejo.
Un álamo orgulloso, ufano, endiosado,
que a su lado casi todos eran osados.

Contemplé con pena y con tristeza
que de nada nos vale el poderío,
cuando la Parca se sienta en nuestra cama
y en silencio esperando sin hacer apenas ruido.
Que de nada nos vale nuestro orgullo,
ni el dinero, ni siquiera nuestros bríos.

Poco a poco tus hojas te fueron abandonando,
más tardes, tus ramas y corteza te dejaron desnudo.
Tu cuerpo quedo sin ropa ni vestido.
En tu cuerpo desnudo, penetra fácilmente
la lluvia, los insectos y los fríos.
Las nieves y heladas del invierno,
entraron en tu cuerpo con sigilo.
Las lluvias de Febrero y los vientos de Marzo
de ramas te dejaron casi limpio.
Las lluvias de Abril y el sol de Mayo
no pudieron que de ti naciese un nuevo hijo.

La muerte te llegó de madrugada,
la muerte te llegó con gran sigilo.
La Parca con su dalle afilado
segó tu lozanía y tus bríos.
Los hielos y nieves del invierno
te fueron marcando el camino.
Las lluvias que un día a ti te hicieron ser;
el álamo más fuerte y más lindo,
quitaron de tu copa todas las ramas
y tu tronco dejaron ya desnudo.
Ha muerto el viejo álamo del río.
En él no volverán a subirse los niños,
ni anidará más el canoro ruiseñor,
ni en sus ramas criará jamás el mirlo.

Junto a su tronco están muertas sus ramas
pudriéndose en silencio y sin brillo.
No serás jamás melena de campana
que llame a los rezos los domingos.
Ni lanza de carreta que recorre
cantando polvorientos caminos.

Quizás un día arda en un hogar
y tal vez asen castaña los niños,
esas castañas tan pobres y humildes
que hacen que los días sean domingos.
Ayer yo paseaba por el prado,
ese prado que existe junto al río.
Contemplé con pena y con tristeza
el orgullo de un álamo rendido.
Un álamo que murió en soledad
al borde del sendero que me acercaba al río.

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