5 mar. 2007

EL CAMINANTE


Hace muy pocos días unas queridas amigas mías me regalaron un libro de poemas (libro que aún no he tenido tiempo de leer, pero que ya está en la maleta para leerlo en Alandalus frente al mar) Poemas del Caminante de Kepa Murua - Alfredo Fermín Cemillan.
Y aunque soy caminante y de eso no tengo ninguna duda, y aunque hago mis pinitos en la poesía, de lo cual tampoco tengo ninguna duda de no llamarme poeta. Creo que, como ensartador de palabras quizás, pueda tener algo de futuro. Quiero dedicar estas humildes palabras ensartadas a mis amigas, las hermanas Carrero – Conchi e Isabel. Espero que os gusten. Un fuerte abrazo de este extremeño a estas extremeñas. Gracias.
El sendero es infinito
EL CAMINANTE
El caminante camina,
va mirando hacia adelante,
el horizonte es su meta,
el sol es su estandarte.
En caminante no duerme,
sueña; soñando con abrazarte,
por ello, camina siempre de día
en las noches a la luna y estrellas
le cuenta, sus ilusiones de amarte.
Siempre que llega a un lugar,
el errante caminante,
busca una fuente de agua fresca
para poder refrescarse.
Le tiran piedras los niños,
le ladran los fieros canes.
Y cuando vuelve al camino
habla con flores y árboles,
canta, con el cantar del arroyo
y el trinar de lindas aves.
Y el caminante;
siempre que llega a un otero
se detiene a mirar hacia adelante
intentando adivinar
el tiempo que tardará,
para poder abrazarte.
Camina siempre hacia el Norte
sueña con poder encontrarte
lavando en la corriente del río
que surca los olivares,
donde tiendes tú la ropa
para que el sol y el viento
la flameen cual estandarte.
El caminante no tiene hogar,
que de esta forma se llame,
por casa tiene el camino,
por dormitorio el zaguán
de una iglesia,
o las sombras de los árboles.
Todo lo que el caminante posee
lo lleva en su petate.
En él lleva una chaqueta,
raída con que arroparse
y unas botas para andar
el camino hacia adelante,
también lleva un diario
donde cada noche escribe
versos para declamarte.
Y cuando llegó al río
donde un día él te vio,
después de lavar bañarte.
El río estaba seco,
no había ropa que lavar,
ni el agua en que te bañaste.
El caminante lloró y siguió
el camino hacia adelante.
El sendero es infinito
y en él no pudo encontrarte.
Nunca jamás tu nombre supo.
Nunca jamás él pudo hablarte.
Te llamó siempre mi Clara,
porque clara era el agua
donde tu cuerpo bañaste.
Los versos que te escribió
se los recita en las noches
a la luna y las estrellas
que lloran al escucharle.
Clara; mi linda Clara,
Clara, que tu cuerpo desnudaste.
Y yo detrás de un olivo te miraba.
Te miraba, sin poder avergonzarme.
Soñar que soñar, soñaba
con poder un día abrazarte
Clara, mi Clara de amor.
Dónde estás; que quiero amarte.
Y el caminante;
siempre que llega a un otero...

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