24 abr. 2008

AMANECE UN DÍA CUALQUIERA EN LA HERRADURA (Granada)



AMANECE UN DÍA CUALQUIERA. La Herradura (Granada)

Me despierta el sonido del mar
al estrellarse contra el rebalaje de la playa
y retroceder para volver a intentarlo una y otra vez
en un incasable y monótono ir y venir
que a ningún sitio le lleva.
Debe ser aún muy temprano.
Pues por las rendijas de la persiana de mi cuarto
apenas si se adivina un poco de la claridad
que delata al nuevo día.
Yo cierro los ojos y me doy media vuelta en mi cama,
estiro de las mantas hacia arriba en un intento
de recibir un poco más de calor (que no me hace falta)
y la caricia de la suavidad de la sabana
que aún tienen ese olor a limpias.
Este es el momento ese, en el que me gusta
quedarte un rato más acurrucado entre las sabanas,
en un duerme vela en el cual sueño y sueño sin saber en qué.
Y mientras sueño, pasa el tiempo y el reloj marca
la hora de levantarme.
Subo la persiana de mi habitación para recibir
en mi cara toda la luz del nuevo día.
Y me penetra un olor a mar Mediterráneo
que invade toda la habitación desalojando
todos los malos humores acumulados durante la noche.
El mar se muestra inmenso en toda su grandeza y poderío,
aunque en estos momentos es un bebé
que duerme plácidamente acostado sobre una enorme cama
de un intenso y a la vez profundo azul mar.
Es la hora de poner el café al fuego y el pan en el tostador.
Ese pan que una vez tostado lo empapo con el oro andaluz
hasta que gotea por sus cuatro costados.
Ese pan que posteriormente me deleito saboreando
empapado en aceite a la que acompaño
con un humeante y oloroso café recién hecho
sentado en mi terraza mientras contemplo mi mar y a mi esposa sentada frente a mí ensimismada en sus pensamientos. Es cuando la digo .- Te doy un € por lo que estás pensando. Y entonces vuelve a mí.
Un mar que unas veces duerme plácidamente
y otras ruge incansablemente reclamando a los hombre
los arenales que le han robado a través de los años.
Y mientras esto ocurre, un grupo de gaviotas chillonas
delatan a una familia de delfines
que pescan en grupo en la bahía
y para pescar saltan y se zambullen constantemente
realizando alegres cabriolas que son el deleite de todos
los que embelesados los contemplamos durante mucho tiempo.
Y ya, como nuevos después de aseados y desayunados
salimos al campo para reencontrarnos
una vez más, con los senderos.
Para deleitarnos con los cortijos blancos
recostados en pequeñas lomas.
Y mientras contemplamos el bello paisaje que se muestra ante nosotros,
la brisa de la mañana trae a nuestro sentido del olfato
un popurrí de aromas de tomillos, romeros,
adelfas, jazmines, don Diego, madreselvas, aguacates, hinojos…
Aromas que el sol les arranca suavemente
al calentar con sus rayos sus aromáticas hojas o flores.
Estos aromas embriagan la suave brisa que hace las veces
de aromática mensajera que transporta los efluvios a casi todos los lugares.
Y mientras seguimos nuestro camino.
Un perro sale de un cortijo y nos ladra amenazante,
mientras que otro can corre para meterse entre nuestras piernas
esperando una caricia por nuestra parte.
Las cabras salvajes ramonean los tiernos
brotes de los arbustos ignorando nuestra presencia,
los jilgueros, las alondras y otras muchas diminutas aves
cantan para marcar su territorio entre las plantaciones
de aguacates y chirimoyos.
En un viejo algarrobo cercano, una pareja de tórtolas se arrullan,
mientras en el soto bosque las perdices
ahora en parejas se dejan acercar tanto
que hasta casi podemos tocarlas.
Es tiempo de celo para los animales silvestre.
Es primavera en La Herradura.
Y mientras esto ocurre nosotros seguimos andando
para volver a nuestra casa, cerca, muy cerca del mar.


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