10 oct. 2011

A UNA PERDIZ ROJA

QUE MIRABA A MONTSE CON SUS OJITOS DE ARROZ
(Una historia real, como la vida misma)
 
 LA PERDIZ. (A una perdiz roja)
Entre rastrojos nació una primavera tarda
y por los campos cantó alegrando las senaras.
Cuando el verano pasó, con esas lluvias primeras
que con el otoño ya llegan, la perdiz se confió.
Y un domingo de octubre que abierta estaba la veda
un perdigón traicionero salido de una escopeta
dio con la perdiz al suelo muy cerca de una cuneta.
El cazador muy ufano de la percha la colgó
y en casa con mucho mimo a la perdiz desvistió.

En el fuego han colocado un caldero bien dorado
en él han puesto aceite, cebolla, tomillo y clavo,

y cuando estuvo todo, todo muy bien rehogado, 
a la perdiz en esa mezcla, a la pobre la bañaron. 
Mixtura maravillosa que sabe a sol y huele a campo.

Estando la perdiz blandita con sus carnes sonrosadas 

unas manos muy amigas la cubrieron con arroz,
tal si fuese el arroz, el arroz, agua bendita.

En un comedor bonito, en mesa con buen mantel
en un plato muy coqueto la perdiz; a Montse se presentó. 

- Hola, Montse. Qué soy yo.

La perdiz miro a Montse con sus ojitos de arroz
y Montse sería muy seria, a la perdiz contestó.
¡A ti; a ti no te como yo!

Esta es la bella historia que un día escuche yo

en las tierras extremeñas muy cerca de Torrejón.
Historia que habla y dice, de un desencuentro de amor.
Entre Montse y la perdiz, entre Montse, la perdiz y yo.

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