29 mar 2014

LA GOLETA



 LLUEVE
Escuché en la madrugada aún yo dormía 
que me parecía, que sobre los tejados la lluvia caía, 
era primavera y la melancolía corría en mi cuerpo, 
corría por mis venas, la melancolía de la primavera.
La melancolía de la primavera es la savia nueva
que irriga mi vida, que inunda mi corazón,
que mina mis fuerzas es la primavera
que invade mi ser, con su savia nueva.
En las primaveras en plantas y en árboles 
corre por sus troncos una savia nueva 
que todo lo invade y como una fiera 
que es acosada huye, huye, huye
trayendo a la vida a las hojas nuevas.

Llovía; y mi corazón sin verlo sabía,  que llovía,
mientras yo dormía la lluvia de abril caía, caía
suave sobre los tejados, las calles vacías, 
asfaltos mojados, las aves cubrían 
sus nidos con sus finas alas, plumas esponjadas
ellos protegían de la fina lluvia a sus tiernas crías,
y en los vastos campos las flores 
de la primavera estaban cerradas, 
tristes y apenadas por falta de sol,
mientras que la lluvia que 
por sus tiernos tallos sutil resbalaba.

Una gaviota estaba posada en el palo más alto
de una goleta que estaba amarrada y muy
suavemente se balanceaba. 
La gaviota mirando hacia el mar gritaba, gritaba 
más que un chillido era un lamento 
de un ser herido que se lamentaba.
Esa gaviota contemplaba la entrada de puerto
por donde se marchara su barco velero con
sus mineros mientras faenaban. 
Puerto triste y solo, desde que marcho 
aquel velero con sus marineros 
y velas al viento buscando otros mares, 
buscando otros mares lejanos y remotos puertos. 

Mientras enfilaban la bocana del puerto
los marineros miraban al puerto 
donde se observaban como flameaban 
los blancos pañuelos que reconocieron. 
En aquellos rostros de piel requemada 
por agua salada y por finos vientos 
se vieron surcar dos lágrimas sueltas 
que se confundieron con gotas de lluvias 
que estaban cayendo.

Aquella goleta que tan marinera surcaba los mares
y cazaba vientos se fue diluyendo, 
ya no se veía desde el malecón que guarda el puerto.

El hueco vacío donde antes estuvo el barco velero, 
las olas lo lame, suave, suave, como no queriendo 
borrar sus recuerdos.

Llueve sobre el campo, llueve sobre el mar,
llueve sobre el puerto y la gaviota se marchó volando 
buscando, buscando quizás otros barcos,
quizás nuevos posaderos.

El mar está triste, los vientos remisos, 
el sol no se ha visto se esconde, 
se esconde tras la densa lluvia   
que sigue cayendo con la parsimonia 
de la monotonía que traen estos tiempos.
En el horizonte, ya no se divisa 
ni velas, ni barcos, solo las sonrisas 
de las olas tercas que rompen muy lejos, 
lejos de la orilla.

El puerto vacío, la mar hoy tranquila, 
los campos floridos de la primavera,
en una palmera yo he visto posada 
a la gaviota que se fue hace tiempo 
surcando los mares tras una goleta.



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