14 abr. 2015

CUANDO LA MUERTE NOS LLAMA


MUERTE
Sobre las blancas sábanas arrugadas y frías
del triste cuarto que el silencio invadía,
había, un cuerpo vacío de vida y falto de aliento.

Solo, solo, solo, él estaba solo, 
tan quedo estaba que la vida, su vida 
se había escapado en la madrugada. 
Él estaba muerto sobre aquella cama.

Hacia un momento aún él suspiraba, 
respiraba quedo e incluso intentaba 
abrí esos sus ojos tan tristes y profundo.
secos ya de lágrimas en su mar profundo.
Sus ojos, que ya se cerraron y en ellos guardaron 
su última mirada que solo, tan solo ellos la miraron 
y para siempre, guardarla supieron.

Poco a poco él se fue apagando, 
como se apaga el fuego 
que no se ha atizado,
y se va muriendo sin que de calor, 
ni llama que arda y muere en silencio 
aunque no en su cama.

Se fue consumiendo como esa vela 
que sigue ardiendo triste y mortecina
sin dar luz a los que la miran,
porque ya carece de cera en el cabo 
para que se queme, poco a poco,
rato a rato.

En silencio quedó la habitación fría,
no se escuchó un suspiro más.
tampoco un llanto ni un triste quejido
que a él dijese ¿Por qué tú te has ido?.
Solo el triste silencio se fue adueñando
de aquel cuarto frío tan desamparado.

Él estaba solo cuando desde el cielo
llegó ese ángel tan dulce y tan bueno
y con las alas y sus tiernos brazos 
lo fue cobijando y fortaleciendo,
para que él pudiese dar su suspiro eterno,
que hace tanto tiempo él estaba esperando
poder exhalarlo terminando su tiempo.

Nada, nada queda que él aún quisiera, 
sobre aquellas sabanas frías y austeras,
de ese frío cuarto donde él muriera.
Su cuerpo vacío donde él estuviera 
encerrado en él una vida entera.
Se marchó sin prisa, tal como viviera,
se marchó él solo una madruga de la primavera.

Y con él con se fue toda su poesías, su sabiduría,
su filosofía, su amabilidad y su alegría.
Que el Señor lo acoja en su morada linda,
y él no proteja hasta que el Ángel 
por nosotros venga.

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