9 nov. 2015

EL VIEJO DEL PARQUE


MI PARQUE, MI CASA
Miro el caer de la tarde 
sentado en el banco 
de mi solitario parque.
La luz del sol languidece 
y las sombras silenciosas 
van ocupando del parque 
sus espacios y sus horas. 

Las aves retornan 
hacia el calor de las calles, 
se posan en los aleros de las casas, 
junto al calor de las lúcidas farolas,
les gusta escuchar, 
el murmullo de la gente 
y el rumor del caminar de las horas.

El parque queda vacío, 
por sus paseos no hay nadie, 
la brisa suave recorre sus avenidas
baila con las ultimas hojas
de un otoño fulminante.
Hojas, que aún de las ramas cuelgan 
de los viejos sicomoros, 
que ahora están sin sombra.

Miro y observo las hojas 
que aún aguantan el baile 
y después de varias vueltas, 
las hojas pierden su talle 
y al suelo caen; están muertas.

Son más fuerte, sus ansias por ese baile
con el viento de la tarde 
que sus ganas de vivir 
en sus ramas sin su baile.
Mueren al caer de la tarde, 
pero lo hacen bailando, 
bailando con la brisa, con el viento 
dejando su sitio abierto 
para que llegue el invierno 
y pueda regenerarse 
el lugar donde vivieron, 
donde bailando murieron. 
Ellas murieron, 
una tarde de otoño
cuando estaba anocheciendo.

No tiene la culpa el viento 
de que las hojas se caigan, 
él las invita a bailar 
y ellas danzan y danzan, 
hasta que no pueden más.

La tarde se fue marchando 
por el lejano horizonte 
y el parque 
se llenó de densas sombras 
y de oscuros fantasmones.

Un triste gato me mira 
y me mira fijamente, 
mira a la luna creciente 
y maúlla inconsciente. 
La luna y el gato me observan, 
me miran muy fijamente, 
quizás tan solo ellos vean; 
la tristeza de mi vida
y mi soledad latente.

El cielo está estrellado 
y las farolas luciendo, 
un coche se ha parado 
de él baja una señora, 
alegre y muy sonriente
que en mí; ni se fija, ni repara
ella se siente, 
muy feliz y muy alegre. 
La oigo cómo se aleja 
por una acera cercana
escucho, una puerta que se abre 
y el golpe, de cerrarla.

Miro el parque ya vacío, 
lleno de luces y de sombras 
de algún perro vagabundo 
que mea en las farolas, escucho 
en las ramas de los árboles, 
el runrún de las palomas.

Una ráfaga, de la brisa de la tarde
acaricia mi arrugado rostro
y me dice en su abrazo; 
¡Amigo mío! de retirarse ya es hora,
ya las aves se acostaron, 
ya callaron las palomas, 
ya los gatos se marcharon 
y los perros vagabundos 
husmean, 
en las calles otras farolas.

Poco a poco, dejo el parque 
y mi banco queda solo y vacío, 
el sicomoro con sus ramas ya desnudas
los setos ennegrecidos 
y la hierba blanquecina 
por el roció que cae 
y que en el césped se posa.

Las calles están vacías 
y los semáforos tornan
del rojo al amarillo 
y en el verde se demoran.
Escucho al subir por mi escalera,
televisores que hablan, 
huelo a manjares guisados,
a pasteles horneados
que mis papilas despiertan.
y cuando cierro mi puerta 
la soledad a mí me espera,
está dentro de mi casa.

El silencio en ella impera.
El silencio a mí me espera
en un parque y en una casa.
En ambos callan y esperan 
y al mismo tiempo me hablan.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Preciosa. Aunque triste

Eva Margarita Escobar Sierra dijo...

Querido amigo:

Recuerda, la soledad es nuestra amiga.

Cierra los ojos y mírala y veras que es la amable cómplice de nuestros sueños, de nuestras alegrías, aventuras y logros. También, de nuestras tristezas y fracasos. Está ahí y es leal, es fiel y aunque estemos rodeados de multitudes, de alabanzas y atenciones. Solos, nacemos, vivimos y morimos. Solos, amamos, perdonamos, guardamos hermosos recuerdos, o grandes dolores, rechazos, amarguras, rabias o rencores.

¿Entonces? Es tu amiga y nunca sentirás ningún vacío en tu vida, aunque estés triste.

Con toda mi admiración un abrazo Eva