30 jun. 2017

EL ROBLE SECO...

...AL BORDE DEL CAMINO.
El roble seco al borde del camino 
ya no da sombra, 
en él no cría ya el jilguero 
y se ausento de él la ágil comadreja 
aquella que tenía su cuartel 
escondido en una rama hueca.

Al roble lo recuerdo, 
con su frondosa copa, 
con su sombra tupida 
que refrescó mis siestas 
y me libro del pedrisco 
y fuertes aguaceros 
de más de una tormenta.

Al roble viejo al borde del camino 
acudían los niños de la escuela 
en tardes de merienda  
y bajo su sombra hacían 
sus alegres y entretenidos juegos 
y sus sencillas fiestas.
El roble les mostraba 
su tronco hermoso y recio 
y ufano se jactaba 
de su noble presencia. 
Su tronco les mostraba 
lleno de cicatrices 
y de heridas viejas, 
que un día hace ya muchos años 
el hacha, su enemiga a él
le infringiera.
El roble les mostraba 
sus elevadas ramas 
que al cielo elevaban 
plegarias de los árboles
a sus deidades 
cualquiera que ellas fueran.

Era en aquel entonces, 
el roble paraíso de las aves 
del campo 
que en él hacían sus nidos
ocultos en su floresta.

Aún se pueden ver 
en su tronco ya seco 
corazones grabados 
atravesados de flechas, 
recuerdos, 
de jóvenes enamorados 
que a su sombra un día 
amores se juraron.

La fuente que su sombra protegía 
para que su agua manase fresca. 
La fuente se secó cuando el roble murió. 
Dicen los viejos del lugar 
que se secó de pena y de amor 
de tanto, tanto llorar.

He vuelto triste a casa, 
el roble del borde del camino 
ha muerto, 
la fuente ya está seca, 
ya no tengo; a quien decir adiós 
cuando marche de nuevo 
hacia lejanas tierras. 

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