... LLUEVE.
¡Llueve!, ¡llueve!
Es invierno y llueve,
quizás a la noche
cuando todo esté en calma,
cuando tú sueñes,
quizás, quizás hasta nieve.
Y yo preso en mi casa
mirando tras los cristales
donde juegan las gotas,
con sus finos toboganes
de la lluvia que desborda
las ventanas de mi hogar.
¡Llueve! y a través de mi ventana
veo la lluvia caer
y por los campos correr,
saltar en los arroyuelos
y brillar más que un lucero
si el sol se mira en él.
¡Llueve! el día está plomizo,
no hay sombra en los edificios
y vacía están las calles.
Un perro vagabundo
está tumbado en la acera
mirando al perruno mundo
que ante él se representa.
El parque frente a mi casa
que siempre es un hormiguero
de gente que viene y va
que toman el sol de enero.
El parque vacío está,
es hoy un verde desierto
con espejismos paralelos
y mucha agua en el suelo
que no sabe dónde va.
¡Llueve! Y mi amigo el jilguero
aquel que cada mañana
me despierta su canto,
cantando sobre su rama
hoy no le oí yo cantar,
estaba con su amada
muy juntitos
en una tupida rama
protegiendo su hogar.
Miro a la calle y la veo,
solitaria y brillante
escucho el monótono cante,
de las canales caer.
La melancolíame invade
cuando yo veo llover.
Observo el campo vacío,
su verdor hoy más sombrío
no se ve su verde brío
sus árboles alicaídos
parecen espantapájaros
tristes y muy compungidos.
El cielo es, plomizo oscurecido,
ni las palomas se ven
cruza el aire volando
se esconden en los aleros
esperando,
a que se ilumine el cielo
para volar otra vez.
¡Llueve!
¡Llueve!
Dejar
el agua correr
y
escucha bramar el río
que
muestra su poderío
y
hace temblar
mi
corazón y mis pies
ante
tanto señorío.
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