PANDERETA VACÍA.
Hoy es una tarde de domingo,
de un domingo de invierno,
una tarde gris de lluvia muy fina
de rachas de viento que todo lo llenan,
que hacen a la tarde triste y anodina.
Las ventanas lloran, sus cristales destilan,
se vuelven opacos me niegan las vistas.
Tarde de lluvia, de oscuridad,
de viento, de tristes sonrisas
para sus adentros.
Nadie se detiene y bajo sus paraguas
se cubren, se protegen, en la calle llueve.
La gente por la calle corre
y es que tienen prisa por llegar ¿a dónde?.
Parecen que las esperan, y por ello corren.
¿Pero dónde, dónde? ¿Dónde las esperan?
Quisiera yo saber si a su cita llegan.
Pienso que es la lluvia la que les protege
y no el paraguas bajo el que se esconden.
Ciudad solitaria, vacía sus calles,
avenidas, plazas...
Sus aceras brillan igual que el azogue,
el lustre divino se lo da la lluvia,
el agua de nubes que es limpia,
que es pura y clara,
que lava y que hace que el ambiente huela,
embriaguen el ambiente a tierra mojada.
En una esquina de la vacía plaza
una niña baila,
con sus pies desnudos que el agua humedece,
sus negros cabellos los recorre el agua,
antes de perderse en su fina espalda
y por el canalillo de su amplio escote.
Baila, baila la niña morena, la lluvia
su competidora la tarde le amarga.
En frente de ella me detuve a mirarla.
La niña de melena morena, mojada y larga,
baila, baila, baila.
Pero ella no sabe que por esa plaza
las tardes de lluvia casi nadie pasa.
La tarde caía, la lluvia seguía
mojando la plaza y su pandereta
estaba vacía en ella sólo había,
agua limpia y clara de la que llovía.
La niña baila y baila y a nadie veía.
Tarde de invierno, tarde de lluvia
de viento, de frío, de calles vacías,
de gente que corrían hacia
algún encuentro. Encuentro,
quizás secreto.
Y la niña baila y su pandereta
delante de ella parece que grita,
que grita pidiendo algunas monedas
que caigan del cielo.
Tarde de lluvia, de viento
y de frío
de gris de invierno
anodino, triste,
solitario, yerto...


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