A David, nuestro hijo añorado.
Era
una tarde de octubre,
de un mes,
al que apenas días le quedan.
Era una tarde de octubre,
¿su hora?
las cuatro, ya dadas eran.
En un suspiro muy largo,
aquel espíritu tan joven
su cofre abandona y deja
y ese vacío ya; jamás se llena.
El cuarto aquel se llenó
de llantos, suspiro, lamentos
de penas y de tristeza
el ambiente queda pleno.
Sobre una cama vestida
quedó inerte el ser
que
yo tanto quiero,
de cuerpo joven y atlético,
su madre lo abraza y llora,
en ella ya no hay consuelo,
su padre llora en silencio,
es su mayor desconsuelo.
Se nos ha ido aquel
que
tanto, tanto queremos
que solos quedamos todos,
ya no nos queda un consuelo,
ahora solo, tan solo;
suspiros, lamentos, lloros...
Las
almas llenas de pena
y en nuestros corazones rotos
tenemos mil y una quejas
también de ira y de enojo.
Nunca podremos comprender
el porqué, Dios se lo lleva
tan joven y con su vida
apenas cumplida a medias.
Llanto, suspiros y quejas,
de lo injusto que es la vida
con aquellos que;
con esa vida sueñan.
Se fue una tarde de Octubre
al que días apenas le quedan
donde cabía la esperanza
tan solo hay llantos, dolor,
penas, rabia, incomprensión,
desconsuelo
y la tristezas.

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